martes, 4 de agosto de 2009

Obediente hasta la muerte...

Filipenses 2:6 ha sido un texto base para quienes hablan de la vida misional y contextualizada, esto es, una vida que baje del olimpo para centrarse en el otro y no en sí mismo. Cuando leemos las palabras que Pablo habla sobre Jesús no tenemos más que callar y observar silenciosamente el milagro de la encarnación. Pero, luego de observar la escena, debemos encarnar esa misma actitud en nosotros, la actitud de morir en obediencia ¿Qué significa esto? simplemente lo que en el evangelio Jesús enseña sobre el costo de seguirle en Mateo 16:24, otro clásico:

"Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame".

Lamento el tono teológico, pero no puedo evitarlo.

Shekespeare, en su libro "Julio César" nos da una pequeña chispa de sabiduría:

"Los cobardes mueren muchas veces ante de su muerte, el valiente no saborea la muerte sino una vez"

Sopongo que Shakespeare y Dios están muy cerca en cuanto a su labor creadora (quien no ha leído a William se ha perdido de mucho). Este flah de lucidez lo aplico a la idea de cargar la propia cruz. ¿Qué significa el instrumento de tormento sino muerte, solor y sangre? Pero a la vez redención, justificación y vida?

Quien quiera morir al yo --aspiración no sólo de quienes se hacen llamar cristianos-- debe ser guiado por otro, por alguien superior en todo sentido de la palabra.
Obediente hasta la muerte significa no sólo perder la vida, sino perder la voluntad propia y perseguir la voluntad superior.
Cómo Shakespeare dice a través de la boca de Julio César, los valientes mueren sólo una vez, no es necesario morir muchas veces, eso nos hace cobardes, nos hace retroceder en la labor de perder nuestro yo para encontranos en la casa de la verguenza. Prefiero morir para la vida que vivir para mi muerte